El existencialismo, es un movimiento filosófico con raíces en Sócrates, Pascal y San Agustín, cruza por Nietzche y por Heidegger y entonces, en un vuelco hacia lo netamente literario, se le encuentra en Dostoiewski y Kafka, para desembocar en Camus y Sartre. Para este último, "el hombre es lo que él mismo hace". Así, de la Filosofía pasa a la Literatura que es entrar en el Arte. Pero lo curioso es que, aunque el existencialismo es un término nacido al calor del Siglo XX, su definición puede marchar hacia atrás en el tiempo, como demuestra Karl Jaspers en sus páginas dedicadas a El origen y la meta de la Historia.
Ahora, el mérito mayor de Peñas Bermejo es la búsqueda existencial en los poetas españoles, su ubicación en cuanto a los temas que conforman la existencia plena del hombre, y de nuevo confluyen teorías en el camino de los versos que inducen a una orientación filosófica. No es que los versos sean filosóficos en sí -líbrese de ello el poeta- sino que en descripción subjetiva entrañan toda una filosofía del diario vivir.
Dentro del existencialismo en la poesía pueden destacarse dos poetas españoles de una misma generación: Antonio Machado, el poeta que cultivó la Filosofía y Miguel de Unamuno, el filósofo que cultivó la poesía. Machado es poeta y algo más, Unamuno es algo más y poeta. El orden de los términos, en este caso, al decir de Buesa, "sí altera fundamentalmente el producto".
Unamuno describe estados anímicos como el miedo, la duda, la congoja, el vacío, dentro de las limitaciones humanas: "conócete, mortal, más no del todo". Machado hace lo mismo, pero no a manera de descripción, sino de existencia propia, de vida intensa, de remembranza que hace al pasado un maestro del presente:
Y no es verdad, dolor, yo te conozco,
tú eres nostalgia de la vida buena
y soledad de corazón sombrío,
de barco sin naufragio y sin estrella.
Como perro olvidado que no tiene
huella ni olfato y yerra
por los caminos, sin camino, como
el niño que en la noche de una fiesta
se pierde en el gentío
y el aire polvoriento y las candelas
chispeantes, atónito, y asombra
su corazón de música y de pena,
así voy yo, borracho melancólico,
guitarrista lunático, poeta,
y pobre hombre en sueños
siempre buscando a Dios entre la niebla.
Un capítulo del libro de Peñas Bermejo, "La temporalidad", descubre una rica veta en la poesía española. Miguel Hernández escribe el soneto "Ancianidad" cuando sólo ha vivido 21 años. En el segundo cuarteto dice:
Un sol es mi mirada para siempre apagado,
es un pozo mi boca que ya sólo hiel bebe,
y es mi frente que orlan blancos copos de nieve,
un barbecho que en surcos mil el tiempo ha labrado.
Para Vicente Aleixandre, la única vida es la juventud, como se desprende de sus Poemas de la consumación. ¿Por qué está convencido el poeta de que aún vive? Simplemente por el movimiento de sus manos, y con el dolor de que nadie escucha a los viejos, exclama que bajo el cielo "no hay sino dolor/ pues hay memoria, y soledad, y olvido".
Manuel Mantero -poeta y crítico español de altos vuelos- es citado con profusión en el libro de Peñas Bermejo, que toma una definición del tiempo aparecida en la obra Poetas españoles de posguerra. "Para que pájaros, hojas o espigas sientan la vida, necesitan el sentimiento de aniquilación y la irrepetibilidad. Paso del tiempo e intuición de la muerte". Se refiere Mantero a un gran poeta, José Hierro, y a su poema "Razón":
Mas el pájaro no es feliz,
ni las hojas, ni las espigas.
Ellos no saben que están vivos
y no encuentro quien se lo diga.
Al final del poema, Hierro concluye con cuatro eneasílabos y una rima de reiteración, que iluminan la conciencia del tiempo en los seres racionales:
Alegría es sentir el alma,
en cada instante, nuestra y viva.
Y es, cuando más se siente el alma,
cuando la llevamos herida.
Algo que, con otras palabras, ha dicho el propio Mantero en "Otra ficción":
Nosotros, los vivos, vamos
tejiendo, grotescamente
curvados, nuestra tomiza
seca, amarilla de meses.
La visión que da Francisco J. Peñas Bermejo sobre la poesía española del Siglo XX, al relacionarla con el existencialismo, puede dar muchas respuestas a una inmensa veta de angustia y desazón que fluye de los poetas de su país, y no sólo por motivos intrínsecamente personales. Poetas de su tiempo -o de todos los tiempos- que aunque no escriben libros de historia, suelen ser los primeros historiadores.

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